
Antonio Téllez, junto a su mujer Manuela y sus dos hijos, María y Antonio.
L. R. / Vélez
Antonio Téllez es un enamorado de lo veleño, al fin y al cabo, es la tierra que le vio nacer, en plena Veladilla del Carmen de 1951, y concretamente en la calle las Monjas. Segundo de cuatro hermanos, es hijo de Antonio Téllez Ruiz y Dolores Lapeira Cabello, que tienen ambos 88 años y residen también en Valencia.
“Mi padre, trabajador incansable, hasta los años 60 en el Mercado de Vélez, compraba fruta por toda España”, se le llena la boca a Antonio al hablar de su padre, al que califica como “luchador nato”. Su madre dejó la sastrería Granadina tras la boda y a partir de entonces se dedicó exclusivamente a sus hijos. Ahora tiene problemas de movilidad, pero “seguimos disfrutando de ella”.
Antonio Téllez estudió en las Monjas y luego en el colegio privado de Rafael Guerra, del que guarda inmejorables referencias. “Que gran maestro, con el aprendí a leer y a escribir a edad incipiente, recuerdo que por la noche enseñaba a adultos y cuando me veía por la ventana jugar fuera me llamaba para que leyera delante de los alumnos del nocturno, me acuerdo mucho de aquellos años…”.
Luego sus pasos le llevaron junto a uno de los más entrañables maestros de la historia veleña, Juan Herrera, en el Caserón Falange. “Allí recuerdo a muchos veleños, como Evaristo Guerra, que pintaba en los bajos de la Falange y mi tía nos gritaba porque manchábamos. Recuerdo que Juan Herrera intentaba convencerla de que alguno llegaría a ser un buen pintor”. Después fue al colegio de los Franciscanos, donde no puede olvidar los ‘partidillos’ de fútbol entre antonianos y franciscanos. AntonioTéllez era culo inquieto, de ahí que le sucedieran numerosos percances. “Un día me caí dentro de la fuente que estaba en medio del patio”.
Comienza el Bachiller en el Reyes Católicos, formando parte de la primera promoción en 1963. Entre sus amigos estaban ‘El Cunini’, Ranea, Juan Acosta, ‘El Toca’, Amparo, Zayas, ‘El Mauco’, ‘El Niño Vélez’, ‘El Chato’, Luis, Marchena, Barrera, Lobato, Pepito de Arroyo, ‘El Cojo’ ... y una interminable lista que sería difícil encorsetar en el espacio que nos ocupa.
Sus andanzas de juventud las rememora con pelos y señales, lo que habla de excelente memoria y, por supuesto, de añoro a su gente. “Jugaba en el Paseo Nuevo en los alrededores del jardincillo con estanque que había situado al final de la calle Campillo. Cazábamos libélulas de colores y permanecíamos junto a los abetos. Eran nuestros y de la libélulas, en todo caso”, bromea.
Los domingos era el turno para el cine, actividad para la que se solía procurar la financiación de una manera muy particular. “Mi tía Remedios, la de los churros, con sus 2,50 pesetas me lo pagaba, eso sí, mi trabajo me costaba. Le llevaba y traía la leña o viruta de Sillería Fabián”.
En 1964 se traslada con sus padres a Valencia, y compagina estudios y trabajo. “Fui camarero, administrativo, repartidor o dependiente”, subraya. En 1968 aprobó una oposición de botones de una entidad financiera y después hizo la Licenciatura en Derecho. “Me gustaba la Universidad y la investigación, así que seguí haciéndolo en el campo del Derecho”. Un apasionado de la enseñanza de los que quedan muy pocos.
Sus grandes ‘tesoros’ son sus padres, sus dos hijos y su esposa Manuela. Esta última lleva “toda una vida dedicada a su labor de profesora y a su familia”. Sus hijos son María, médico, y Antonio, “que concluyó sus estudios de Derecho y prepara en estos momentos oposición para juez”.
En cuanto a sus escapadas a Vélez, son más escasas de lo que le gustaría. “Voy poco, tuve algún contacto con María Zambrano, años previos a la creación de Fundación entre 1985 y 1987”. Admira a la pensadora local. “ Siempre amable, ahí la tenéis, enterrada entre un naranjo y un limonero, como ella quería”. En su memoria permanecen también Lobato, Miguel Berjillos, Paco Hernández, Evaristo Guerra, Fernández Banderas, Montoso, Fuentes, etc.
Tras más de 40 años en la misma empresa nunca deja de escribir y participar y estar al día de la abogacía, aunque no deja de leer tampoco este Diario en Internet, lo cual le agradecemos.